Mi primera despedida

Decirle “no” a un adolescente en plena ebullición siempre será una misión difícil, aunque no imposible.

A mis 17 años mi padre cumplió no sólo una promesa, sino también dio inicio a un abanico de posibilidades en mi vida y en la vida de mis hermanos. Recuerdo que había terminado mi secundaria en noviembre y estábamos en el mes de febrero en Barranquilla, Colombia a mediados de los 80.

Mi padre me había prometido que viajaría a Europa, pero no para hacer turismo únicamente, nuestro objetivo era que aprendiera a hablar inglés y que experimentara la cultura, viviendo con una familia inglesa.

“Siempre quise aprender bien el inglés, así que quiero que ustedes lo aprendan, porque es necesario hablar incluso más de dos idiomas», me dijo mi padre.

No podía estar más de acuerdo con él, pues desde pequeña, recuerdo que no sólo nos insistía en la idea, sino que también nos compraba cursos de inglés o nos matriculaba en clases después de la escuela.

Los planes no se hicieron esperar y un buen día encontramos un programa en Inglaterra que se acomodaba a nuestras necesidades y que incluía vivir con una familia inglesa en la ciudad de Cambridge.

Sentí una gran emoción al pensar que iba a poder conocer ciudades con las que había soñado, aprender mejor el inglés y por qué no, conocer a algún rubio de ojos azules con quien compartir esta aventura.

El día llegó y las recomendaciones no estaban demás: “No le recibas nada a nadie, llámanos apenas llegues, escríbenos y manda fotos.”

Esa misma semana mi padre viajaría a México a cubrir el mundial de futbol y mi madre y hermanas se quedaron detrás de aquel vidrio de la terminal del aeropuerto diciéndome adiós y abrazándose entre ellas.

Que duras son las despedidas. Siempre pensé que eran mejores los reencuentros, era como si en cada despedida te quitaran un pedacito de algo, no sé, como si una parte de ti no quisiera irse, pero a la vez sabes que, si no lo haces, impedirás un proceso inevitable:

Crecer y probarte a ti mismo que eres capaz.

Ya estaba en Cambridge y a mediados de los 80, no teníamos celulares. Mi madre había intentado llamar varias veces a la casa de Violeta, mi anfitriona en la nueva casa, quien me esperaba junto con sus dos hijos y su esposo.

Mi madre no entendía que yo todavía no llegaba y su desesperación la hizo acudir a mi tía en Nueva York, quien pudo comunicarse y entender que llegaría más tarde aquel día. En efecto lo primero que hice después de saludar a Violeta, fue comunicarme con ellos, llorar en el teléfono y decirles que desde ya los extrañaba mucho, pero que estaba bien.

Fue interesante conocer muchos chicos de todas partes del mundo, compartir experiencias, visitar museos, salir en las tardes al “pub” más cercanos y comer “fish and chips”; sin embargo se acercaba la época de conciertos en Wembley Stadium en Londres, y mi favorito era Rod Stewart. 

Escuchaba su música desde pequeña y no podía perder la oportunidad de verlo en vivo y en directo.  Sin pensarlo dos veces compré el boleto y me dediqué a planear el viaje con una amiga. Cuando le di la gran noticia del concierto a mi padre y que además pensaba asistir, puso el grito en el cielo.

Me explicaba que un evento tan multitudinario podría ser peligroso y ni qué decir del viaje en tren, dormir en hotel y pare de contar.

Recuerdo que le contesté muy enfáticamente que ya tenía 17 años y que por supuesto eso era suficiente para tomar mis decisiones y que no podía perder lo que había pagado por mi boleto.

Un día después del concierto un tren se había descarrilado en Inglaterra y yo no podía imaginarme la angustia de mis padres. Gracias a Dios el accidente fue lejos de Londres y llegué sana y salva al hotel para al día siguiente emprender el regreso sin problema.

La aventura había resultado interesante, aunque no contaba con los empujones de la gente, una que otra caída, lluvia, y no ver a mi amiga al final del concierto.

Hoy que soy madre, entiendo cada consejo, cada preocupación y cada oración posible por el bienestar de nuestros hijos; pero también sé que gracias a la confianza que mi padre depositó en mí, soy capaz de asumir nuevos retos y alcanzar metas. Y de aquel rubio de ojos azules, si llegó y enhorabuena.